192º aniversario de la independencia del Uruguay

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En el primer cuarto del siglo XX el Uruguay se encaminaba a celebrar el Centenario de su Independencia Nacional, momento oportuno para redefinir los rasgos de su imaginario colectivo cuyos mitos fundacionales se proyectarían en el escenario nacional por varias décadas. Las singulares y contradictorias condiciones en que nuestro país irrumpió a la vida independiente (revolución oriental, conflictos con el centralismo porteño, exilio de Artigas en Paraguay, dominación brasileña y portuguesa, Declaratoria de la Florida, Convención Preliminar de Paz de 1828 y primera Constitución de 1830) así como los conflictos internos fratricidas durante gran parte del siglo XIX, habían condicionado el surgimiento de una épica nacionalista temprana.

Se debió esperar a 1923 cuando se producen dos hechos determinantes en el proceso de construcción del relato fundacional del país: se inauguraba el monumento a Artigas en la Plaza Independencia con una escultura ajustada a los cánones fijados por el poeta compatriota Juan Zorrilla de San Martín en su obra “La Epopeya de Artigas”; y se impulsaba un debate parlamentario acerca de cuál debía ser la fecha de nuestra independencia, trasladándose así al Parlamento uruguayo la necesidad de definir un itinerario cronológico de efemérides a partir del cual se consolidara el sentimiento de pertenencia al país que a su vez nos singularizara en el concierto internacional.

El debate en ambas Cámaras del Parlamento se estructuró en base a sendos proyectos de ley en donde se oponían dos fechas alternativas: la del 25 de agosto (Declaratoria de la Florida) y la del 18 de julio (Jura de la Constitución). La derivación de esta discusión y votación resultó muy peculiar: en la Cámara de Representantes se aprobaba el proyecto que defendía el 25 de agosto como el día de la independencia mientras que en el Senado se hacía lo propio con el que establecía el 18 de julio como fecha máxima.

La Asamblea General nunca se reunió para dirimir este desencuentro, organizándose celebraciones tanto en 1925 como en 1930, consecuencia natural “del Uruguay de compromiso que amortiguaba hasta los antagonismos” al decir del historiador uruguayo Tomas Sansón Corbo.

La no definición legislativa del real alcance y legado de estas dos fechas claves en el itinerario nacional, determinó que Uruguay continuara aplicando la ley del 10 de mayo de 1860 a través de la cual se declara “que el aniversario del 25 de agosto de 1825 es la gran fiesta de la República”.

Ahora bien ¿qué ocurrió aquella mañana del 25 de agosto en la Florida? Los orientales organizados ahora como Provincia Oriental del Río de la Plata se declaraban “de hecho y de derecho libre e independiente del Rey de Portugal, del Emperador de Brasil y de cualquiera otro del universo…” y al mismo tiempo, en ese mismo acto solemne, la Provincia Oriental retornaba al conjunto de las Provincias Unidas del Rio de la Plata, con las que nos “unimos” nuevamente, pasando nuestra soberanía a ser ahora estrictamente provincial.

Se da inicio así a otra etapa histórica que termina con la Convención Preliminar de Paz de 1828, tratado firmado (bajo mediación británica) entre el Imperio del Brasil y las Provincias Unidas del Río de la Plata por el cual nuestros vecinos depusieron sus ambiciones anexionistas, reconocieron nuestra soberanía y los orientales comenzamos efectivamente a ejercerla con nuestro propio Gobierno. Es esta “independencia” la que nos separa definitivamente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, supone la instauración de un Gobierno propio y de una Asamblea Constituyente que prepara la primera Constitución del país en 1830, consagración definitiva de aquella máxima artiguista: “Es muy veleidosa la probidad de los hombres; solo el freno de la constitución puede afirmarla”.

El intelectual francés Ernest Renan, en una conferencia impartida en la Sorbona en 1882 titulada “¿Qué es una nación?” afirmaba por entonces que nación es un principio espiritual cuya construcción y defensa se lleva a cabo con decisiones éticas que constituyen el verdadero ejercicio de la libertad. Los uruguayos sentimos a nuestro país como ese principio espiritual que suscribe valores comunes, decidiendo libremente pertenecer a la República Oriental del Uruguay. Simplemente por aquello que postulaba el historiador francés de que “una nación es un plebiscito de todos los días”.