Biltmore: Así es la mansión más grande de Estados Unidos

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Encajada en las montañas de Carolina del Norte y fundada en 1895 por el multimillonario George Vanderbilt, recibe 1,4 millones de visitas al año

George Vanderbilt, miembro de uno de los clanes más destacados de la aristocracia neoyorquina, visitó en 1888 por primera vez Asheville, una pequeña ciudad de Carolina del Norte al pie de las azuladas montañas del Blue Ridge. Acompañaba a su madre, a la que el doctor había recomendado acudir allí por su aire puro, ya que estaba aquejada de unos problemas respiratorios. El joven George, entonces un codiciado soltero de 25 años, enseguida quedó prendado del lugar por la sobrecogedora belleza de su paisaje. Decidió entonces levantar allí una casa donde su familia y amigos pudieran escapar del bullicio de la gran ciudad. Pero no iba a ser una casa cualquiera. Biltmore, como la bautizaría, iba a ser la mayor residencia privada de los Estados Unidos. Hoy es un destino turístico por el que pasan más de un millón de personas al año.

Tras aquella primera visita con su madre, Vanderbilt comenzó a adquirir terreno en la zona, hasta acumular nada menos que 50.000 hectáreas. Para diseñar la fastuosa vivienda contrató los servicios del arquitecto Richard Morris Hunt, que diseñó una mansión con 250 habitaciones que recordaría a los antiguos palacios franceses. En torno a ella, además, transformaría las antiguas tierras rústicas en un bucólico jardín natural, adaptación que encargó al arquitecto de paisajes Frederick Law Olmsted.

Las obras comenzaron al año siguiente de la primera visita de Vanderbilt, en 1889, y tras un proceso de construcción que empleó a un ejército de operarios, Biltmore abrió oficialmente sus puertas a parientes y amigos en 1895.

Tres años después, en una discreta ceremonia en París, George Vanderbilt contrajo matrimonio con Edith Stuyvesant Dresser, diez años menor que él y descendiente de Peter Stuyvesant, el último gobernador holandés de Nueva Amsterdam, lo que sería luego Nueva York. La feliz pareja acogió con alegría la llegada al mundo de su hija Cornelia en 1900, todo un acontecimiento social en la época.

Trece años después, sin embargo, la tragedia se cernió sobre la familia. Tras una operación de apendicitis en Washington, el fundador de Biltmore, George Vanderbilt, falleció a comienzos de marzo de 1914. Contaba con 51 años.

Su viuda siguió viviendo en la mansión. En 1930, Biltmore se abrió al público como forma de atraer turismo a la zona en medio de la grave depresión económica que atravesaba entonces Estados Unidos. Durante la II Guerra Mundial, sirvió además como almacén para poner a salvo de un posible ataque a decenas de obras de arte de la National Gallery of Art de Washington. Aunque se vendió buena parte del enorme terreno adquirido por George Vanderbilt, quedaron más de 3.200 hectáreas de cuidados bosques y jardines.

En la actualidad, Biltmore sigue deslumbrando por sus dimensiones y derroche de ostentación a los numerosos visitantes que recibe, 1,4 millones de personas en el año fiscal de 2015. La mansión y la finca se han convertido en una gran empresa que emplea a 2.000 personas y cuyo consejero delegado es un nieto de John Cecil y Edith Stuyvesant, William Amherst Vanderbilt Cecil Jr. A 60 dólares la entrada normal de adulto, con ella se tiene acceso no solo a la casa y los extensos jardines, sino también a una bodega, tiendas, restaurantes y una granja.

La espectacular vista de la fachada de la casa y la explanada frente a ella hacen de Biltmore todo un Versalles estadounidense.

Su interior no es menos deslumbrante. Además de sus amplios salones y dormitorios, cuenta con una biblioteca con 10.000 volúmenes, 65 chimeneas, una piscina bajo techo, gimnasio y bolera, entre otras instalaciones, y entre sus obras de arte hay pinturas de Renoir y John Singer Sargent, e incluso tapices del siglo XVI.

«En la época en que se terminó de construir la Casa Biltmore, se veía como adelantada a su tiempo», señala una portavoz de la compañía, LeeAnn Donnelly. Disponía de fontanería interior, electricidad, dos ascensores y otras modernas comodidades. Según Donnelly, «el señor Vanderbilt era un intelectual innovador y curioso y su casa era reflejo de eso».