Dzeko niega al Shakhtar Donetsk y mete a la Roma en cuartos tras diez años ausente

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Dzeko marca el gol de la Roma tras superar a Pyatov. ALESSANDRO BIANCHI REUTERS

El delantero bosnio rompe un duelo bien ejecutado por los italianos ante un rival inofensivo

Diez años hacía que la Roma no alcanzaba los cuartos de final de la Champions, y si bien se lo ganó en el campo, arriba, en el cielo de una de las ciudades más bonitas de Italia, algo ayudó. Un algo superior al que se agarraron los hinchas romanos, pues el fútbol es sufrir aunque no debería, y en momentos de necesidad nada mejor que alzar la vista hacia el techo.

Lo más parecido a una intervención divina vestida de futbolista fue la que realizó Dzeko con un remate que se coló entre las piernas de Pyatov. El bosnio lo hizo todo en ataque para una Roma que sufrió ante el juego armonioso de un Shakhtar. Una pena que todo lo que tiene de elegante jugando lo tirase por la borda cuando Ferreyra, en una acción absolutamente lamentable, lanzó al suelo a un recogepelotas que le escondió el balón en la banda. Ahí se enfangó lo que estaba siendo un partido bien ejecutado por momentos que solo se rompió con la expulsión de Ordets tras un agarrón a Dzeko.

Y eso que las pulsaciones de ambos equipos comenzaron sincronizadas. Como el 1-2 a igualar solo exigía un gol, la Roma decidió parcelar el partido y asignarle a cada porción un número exacto de revoluciones. Al Shakhtar le ocurría lo mismo, pero al revés, pues con el marcador a su favor no requería de ningún atrevimiento innecesario. Esa mezcla derivó en que por momentos el ritmo de juego entrase en parada cardíaca.

La Roma observaba la cadencia de pases de su rival, con el ojo puesto en el tanque de gasolina, con Strootman y De Rossi ejerciendo de guardias de tráfico. Solo Nainggolan, un alma libre, parecía ajeno a ese pacto con el tiempo. Hasta que todo se aceleró en la segunda parte con el gol de Dzeko, y la posterior expulsión de su marcador y todo el orden y concierto reinantes saltó por los aires. El partido entró en erupción, pero la Roma logró contener la calma y no permitió ningún arrebato. Diez años de sequía bien lo valían.