Messi, un imperturbable en Wembley

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Me reí cuando vi que la prensa británica también caía en el agujero negro de los adjetivos gastados: extraterrestre, mágico, magistral, memorable

Leo y escucho todo lo que dicen de Messi, porque circula la idea de que está dicho todo sobre él. ¿Lo está? Tienen morbo las tertulias en las que le buscan un nuevo adjetivo y acaban cayendo en los clásicos agujeros negros Messi, lugares nunca vacíos que desprenden energía de ausencia, de ausencia total de adjetivos, al parecer ya todos gastados. Ausencia de adjetivos sobre el genio cuando, que yo recuerde, a Messi no hace tanto tiempo un periodista anónimo le encontró uno nuevo sin saberlo. Se lo encontró quien tuvo el acierto de inventarse este titular: “Messi podría ser argentino”.

Quien fuera que redactara ese titular, le encontró casualmente un adjetivo secreto al jugador: auténtico. Yo lo veo así: sus dudas sobre lo que podría ser le dan una emocionante autenticidad a Messi. Y ésta procede de su fidelidad a una sola cosa: la ambigüedad de la experiencia. De hecho, es la extrema fidelidad que muestra a esa ambigüedad de la experiencia (que, por cierto, tan maravillosamente bien refleja al fútbol en general) lo que convierte muchas de las jugadas que traza Messi en obras maestras de la vida y lo que ha venido convirtiéndole, desde el principio de su carrera, en algo más que un jugador.

“Messi va más allá como jugador”, dijo la prensa británica tras su exhibición en Wembley ante el Tottenham. Hasta el punto, añadiría yo, de que ha acabado devorando a su propio club, que lleva tiempo ya dependiendo de él y que hasta no hace demasiado aún era “algo más que un club”, un lema que Messi, sin mala intención y en realidad haciéndole un favor al propio club, ha derogado.

La prensa británica se ha empeñado en repetir un tipo de elogios que cada día notamos más sobados: extraterrestre, mágico, magistral, memorable. El más interesante es el primero, quizás porque me recuerda a la escritora Aurora Venturini, que a los noventa años fue la primera argentina que comprendió que Messi estaba más allá de los adjetivos: “Pero qué divino es. Cómo hace goles, es un sabio. Y es un gnomo. Lo hicieron crecer con hormonas, lo estiraron. Igual quedó chiquito. Qué le habrán puesto. Porque la pelota se le pega a la punta del pie. Lo deformaron y salió mejor. No le pueden sacar la pelota porque tiene las proporciones distintas”.

Me reí cuando vi que –bendita obsesión– la prensa británica también caía en el agujero negro de los adjetivos gastados. Coincidían todos en calificarle de majestuoso y considerarlo el mejor jugador de todos los tiempos, por delante de Pelé y Maradona. Allí esto último lo ven como una simple evidencia, y yo también. A diferencia de Maradona y compañía, juega siempre bien todos los partidos. Qué le habrán puesto, preguntaba Venturini. Pues seguramente la enérgica ambigüedad del ejercicio del fútbol. A fin de cuentas, Messi es el fútbol mismo, por eso le vemos tan auténtico. En el Libro de los Pasajes, Walter Benjamin escribió del fascinante Atlas Mnemosyne del historiador Aby Warburg: “No necesitaba decir nada. Sólo mostrar” Y lo mismo puede decirse de Messi, pues se ve a la legua que es el mejor, les plazca o no a los businessmen de Infantino.

Si, como dicen, somos todos demasiado parecidos a nosotros mismos, y el riesgo estriba en que acabemos pareciéndonos demasiado, lo cierto es que a Messi esto no le ha sucedido todavía, porque no para de mejorar la versión de sí mismo. El fútbol se hunde con tantos negocios y enojosos parones de la FIFA, pero él sigue siempre en pie. Imperturbable. Será porque, efectivamente, tiene proporciones distintas.