Siria suma un año más de drama

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A siete años de iniciado el conflicto se suceden los muertos y refugiados

Algunos hablan de 350 mil muertos y otros de medio millón. Calculan que millones necesitan ayuda humanitaria. Quizás sean muchos más o algunos menos. Pero la exactitud en este caso no es imprescindible. Cualquier número que sea utilizado para describir el conflicto sirio dará una imagen similar.

Dicen que es una tragedia –seguramente la más importante desde la Segunda Guerra Mundial por la cantidad de civiles que afectó– aunque nadie está completamente seguro que ese adjetivo alcance para ilustrar la magnitud del daño.

Siria ingresó este jueves en su octavo año de conflicto y poco tiene que ver con su inicio, en 2011, cuando la mayoría suní en ese país se levantó junto a la oposición política contra el gobierno alauita de Bachar al Asad para reclamar por mejoras sociales y económicas en el marco de la llamada “primavera árabe”.

Un cambio de régimen parecía inevitable para Siria pero ya en ese momento Asad se aferró al poder y al cabo de siete años nadie lo pudo mover de ese lugar. En las horas más difíciles de 2014, cuando el Estado Islámico avanzaba con tenacidad y el Ejército Libre Sirio (la oposición armada) se mantenía firme, el líder sirio recibió la auspiciosa ayuda de su aliado ruso. La mano y los aviones de Putin le permitieron al régimen sirio contar un día más. La suma de esos días lo encuentra hoy en una posición de fortaleza que nadie hubiera adivinado años atrás.

Una de las razones que volvió particularmente complejo este conflicto es la cantidad de actores que con el paso de los años se fueron involucrando. De ser un conflicto localizado y nacional pasó a ser un conflicto regional en el que, además de gobierno y oposición, participaban grupos terroristas (Jabat al-Nusra, Hezbollah y el Estado Islámico, entre otros) y facciones nacionalistas (los kurdos).

Pero no demoró en convertirse en una situación internacional con Rusia e Irán apoyando al régimen de Asad, una coalición liderada por Estados Unidos haciendo frente a la expansión del Estado Islámico y Turquía dando su batalla contra los kurdos.

Todos estos actores han combatido por motivos y objetivos diferentes. La evidencia más clara de esa desconexión se expresó en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que fracasó una y otra vez en su intento de encontrar una fórmula para llegar a la paz en Siria. Allí Rusia vetó 11 resoluciones.

Pero los enemigos también tuvieron sus causas en común. Hoy parecerá lejano, pero hasta hace pocos meses había un califato auto-proclamado en un amplio territorio de Irak y Siria. Mosul y Raqqa fueron reconquistadas de manos yihadistas. El Estado Islámico perdió el 98% del territorio que una vez tuvo y el ejército de 40 mil islamistas pasó a ser de 3 mil hombres que hoy se esconden en el desierto.

Pocos recuerdan que la responsabilidad primaria de que el Estado Islámico hubiera ganado terreno en Siria es de Asad. Pensando que podría ser el próximo en la lista de George W. Bush, Asad convirtió a su país desde el 2003 en adelante en un espacio de reclutamiento y paso para apoyar la insurgencia que por aquel entonces se formaba en Irak.

Esta política marcó un cambio histórico con respecto a la forma en que su padre, Hafez al-Asad, había combatido a los salafistas. Pero la movida salió mal: los extremistas se convirtieron en enemigos.

El gobierno de Barack Obama y el de Donald Trump –hasta el momento– evitaron una intervención en Siria. Existen buenas razones para creer que una medida de ese tipo hubiera generado efectos perjudiciales sobre cualquier intento de terminar con el conflicto.

Pero también es cierto que a siete años de iniciada la guerra las muertes y los refugiados siguen su curso. En las últimas horas la situación se volvió complicada en dos puntos.

Más de 30.000 civiles huyeron en las últimas 24 horas de los bombardeos turcos en Afrin, capital del enclave kurdo homónimo, y que es escenario de una ofensiva de Ankara en el noroeste de Siria.

En tanto, miles de civiles hueyeron el jueves del enclave rebelde de Guta oriental, cerca de Damasco, en donde el régimen sirio tomó más del 70% del territorio, incluida la ciudad de Hamuriya en el sur. Los bombardeos diarios sobre el enclave han dejado a unos 1.250 civiles muertos y miles de refugiados.

Con el Estado Islámico notoriamente disminuido y con los rebeldes y kurdos rodeados, Asad –a quien se lo acusa de utilizar armas químicas contra su población, entre otras violaciones a los derechos humanos– podrá cantar victoria en algún momento. Por lo pronto, ya recuperó la mitad del territorio.