Tras el hambre y la guerra, en Sudán la epidemia es el suicidio

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Viven hace años sin perspectivas en campamentos de refugiados

Cuando mataron a su hijo de 19 años ante sus propios ojos, Ayak ya había perdido a sus cuatro hermanos y sido testigo de muchas de las atrocidades cometidas en la guerra civil que devasta Sudán del Sur desde hace más de cuatro años.

Sola en su mísero refugio hecho con un toldo de plástico en un campo de desplazados, esta viuda de 44 años se derrumbó durante la última temporada de lluvias, que transformó el suelo en torrentes de lodo y esparció el olor pestilente de las letrinas inundadas. “Cuando pensé en la vida de mis parientes y en su muerte, decidí tomar mi propia vida”, explica con lágrimas en los ojos.

Ayak y una decena de supervivientes tuvieron una segunda oportunidad. Forma parte de un grupo de viudas y recibe ayuda de un centro de apoyo psicológico creado por Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y sus socios para hacer frente a un aumento de los intentos de suicidio en un país con pocos especialistas en salud mental.

Los relatos como el de Ayak abundan cada vez más en este campo de 24 mil desplazados, a unos cientos de metros de Malakal (norte), otrora un centro económico floreciente y ahora una ciudad fantasmal debido a los combates.

En 2017, 31 personas – 15 mujeres y 16 hombres – intentaron suicidarse en este campamento. Seis lo lograron (en 2016 fueron cuatro), según la OIM.

La paz parece más lejana que nunca después de la enésima violación del alto el fuego y muchos han perdido la esperanza por una guerra que ha causado decenas de miles de muertos y unos cuatro millones de desplazados desde su comienzo en diciembre de 2013.

La vida privada es inexistente en el campo de Protección de los Civiles (PoC) de Malakal, y sus habitantes, que duermen a menudo sobre alfombras en refugios hacinados, ya temen la llegada de la próxima temporada de las lluvias, prevista dentro de dos meses.

Y casi no salen del recinto protegido por las Naciones Unidas debido a la inseguridad.

“Algunos llegaron al PoC cuando eran niños. Viviendo aquí se hacen adultos y mirar hacia el futuro los desespera”, lamenta Raphael Capony, a la cabeza de las operaciones del Consejo Danés para los Refugiados en Sudán del Sur.

‘Sin esperanza’
Un estudio realizado en Sudán del Sur por el Centro Nacional para la Información Biotecnológica, una organización estadounidense, mostró que el 40% de las personas examinadas presentaban síntomas de estrés postraumático.

Se requiere un cúmulo de problemas para que una persona intente suicidarse”, afirma Raimund Alber, experto en salud mental de Médicos Sin Fronteras. En los campamentos, “las condiciones de vida, la falta de comida variada y la dificultad del confinamiento pueden contribuir a ello”. “El no tener ninguna esperanza de cambio es un peso importante”, añade.

Muthoni Wanyeki, de Amnistía Internacional, hace hincapié en que “las cicatrices psicológicas se descuidan, son menos visibles” que los muertos y destrozos.

Dmytro Nersisian, un psicólogo de OIM en Malakal, afirma que se lanzó una campaña preventiva ante el aumento de intentos de suicidio “entre personas de todas las edades” constatado desde 2017.
James, de 32 años, vive en Malakal con su familia desde que su casa fue destruida en 2014 y “pensó en el suicidio durante dos años”. Como “la situación empeoró, no tenía casi comida”, se planteó cometer lo irreparable. Afortunadamente, llegó un amigo. “Estábamos sentados en el suelo y me eché a llorar”, contó a la AFP.

Recibió atención psicológica durante un año y ahora quiere ayudar a otros como voluntario de OIM.
Ayak vuelve a tener una razón para vivir. “Quiero decirles a los otros que hay que ser paciente”, afirma, rodeada de viudas como ella. “Aquí la vida es dura, pero no hay que pensar que uno está solo con sus problemas”.

Fuente: AFP