Xi Jinping declara una “era de apertura” frente a la disputa comercial con EE UU

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El presidente chino promete reducir los aranceles sobre los automóviles y proteger la propiedad intelectual

En medio de la disputa comercial con Estados Unidos, el presidente chino, Xi Jinping, ha hablado directamente por primera vez en público sobre el asunto. En un esperado discurso en el foro de Boao, el “Davos chino”, Xi ha prometido una “nueva era de apertura comercial” en la que intenta responder, en parte, a las acusaciones estadounidenses de trato desigual y robo de propiedad intelectual.

Xi no aludió directamente a Estados Unidos, al presidente Donald Trump o a la disputa comercial que enfrenta a las dos grandes potencias económicas mundiales. Pero sí quiso lanzar una rama de olivo. “China va a entrar en una nueva fase de apertura”, en la que se ampliará el acceso extranjero al mercado chino; se creará un clima de inversión más atractivo; se protegerá mejor la propiedad intelectual – “requisito de las empresas extranjeras y, más aún, de las chinas”- y se rebajarán los aranceles de algunos productos, incluidos los automóviles.

Un gesto inequívoco hacia Trump, que se ha lamentado públicamente a través de su canal de comunicación favorito, el tuit, sobre los bajos impuestos con que se gravan los vehículos chinos en Estados Unidos (un 2,5%, ha puntualizado) mientras que los estadounidenses reciben un arancel del 25% al entrar en el país asiático.

Esa rebaja de aranceles, de la que se desconoce aún cuándo se hará efectiva, es la medida más concreta en el discurso de Xi. Del resto de los principios y objetivos, aunque el presidente aseguró que se pondrán en marcha “pronto”, habrá que esperar a que los respectivos ministerios empiecen a anunciar medidas prácticas que los conviertan en algo tangible. O resignarse a que se queden, como ha ocurrido en numerosas ocasiones en el pasado, en una mera declaración de intenciones sin impacto alguno sobre el terreno. Por el momento, Xi ha prometido también revisar la lista negra de sectores vetados a la inversión extranjera, en un plazo de seis meses; recuperar la desaparecida Oficina de Propiedad Intelectual, fomentar la competencia y evitar los monopolios.

Será clave establecer cómo. El plan estratégico “Made in China 2025”, que Pekín considera uno de los pilares de su política económica a medio plazo, prevé el desarrollo de la innovación para convertirlo en una potencia de la alta tecnología en áreas como la robótica o la inteligencia artificial. Un plan que parece difícil de combinar con un aumento de las importaciones de productos similares. Más bien, al contrario: en su discurso, Xi dejó claro que a cambio de la reducción de aranceles espera que el resto de países abra sus mercados de alta tecnología a la inversión china.

Más allá de medidas estrictamente económicas, el presidente chino quiso volver a jugar la carta con la que triunfó en Davos hace un año y medio. Presentarse como un líder fiable, del que se puede depender, adalid del multilateralismo, la lucha contra el cambio climático y la globalización frente a las tendencias proteccionistas y de aislamiento de otros – léase, de ese Estados Unidos al que nunca mencionó directamente.

“La puerta de China de apertura no solo no va a cerrarse, sino que va a abrirse aún más”, prometió el presidente chino ante una audiencia de políticos y empresarios en este enclave, mitad isla turística, mitad complejo de bases militares, al que le gusta definirse como el “Hawái de China”. “Apertura o aislamiento, progreso o regresión, la Humanidad tiene ante sí una gran decisión”, señaló en un discurso de apenas una hora. “La mentalidad de la Guerra Fría, de que para que alguien gane algo otro tiene que perder, debe desecharse ahora más que nunca”.

El discurso de Xi, el primero en este foro desde 2015, llegaba después de unas semanas en las que las dos grandes potencias se han enzarzado en una disputa comercial que puede derivar en una guerra declarada.

Después de un primer envite en el que ambos países advirtieron con gravar el uno al otro una serie de artículos por valor de 3.000 millones de dólares, Washington amenazó la semana pasada con imponer aranceles del 25% a una lista de 1.300 productos chinos, en su mayoría artículos de alta tecnología. Ello supondría un monto de 50.000 millones de dólares. Por su parte, Pekín ha anunciado que, si la medida se llega a aplicar, responderá con tasas por un valor similar sobre 106 productos estadounidenses, entre ellos la soja, los automóviles o algunos tipos de aeronaves. Los dos países aseguran que, si el otro sube la apuesta, responderán con más impuestos aún.

Para Estados Unidos, las sanciones son necesarias para obligar a Pekín a responder al robo “durante décadas” de propiedad intelectual y reducir el desequilibrio en la balanza comercial, favorable a China en 375.000 millones de dólares anuales. China, que limita los sectores en los que el capital extranjero puede invertir y que impone la asociación con empresas locales en otros casos, rechaza esas acusaciones y se presenta como una víctima. Según este Gobierno, Estados Unidos ha empezado, con una actitud proteccionista, lo que puede convertirse en una guerra comercial en toda regla y Pekín únicamente está devolviendo los golpes.