El asalto a la Embajada en Bagdad dispara la tensión entre Estados Unidos e Irán

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Las protestas ante el recinto se disuelven, pero la crisis arrastra al presidente Trump exactamente al tipo de embrollo en Oriente Próximo que ha tratado de evitar

El ataque el martes a la Embajada estadounidense en Bagdad y las protestas ante su perímetro ultrafortificado, que este miércoles se han disuelto por orden de los líderes milicianos convocantes, han disparado la tensión entre Estados Unidos e Irán. Donald Trump, que acusó a Teherán de “orquestar” los incidentes, elevó el tono y dijo que Irán “pagará un precio muy alto”. Presionado para responder con contundencia, el presidente inicia el año de su reelección arrastrado exactamente al tipo de embrollo en Oriente Próximo que ha tratado de evitar. La Embajada ha anunciado este miércoles la cancelación hasta nuevo aviso de sus actividades consulares y el secretario de Estado Mike Pompeo, la de su viaje a Ucrania.

El belicoso tono del presidente, que sigue la crisis desde su residencia vacacional de Mar-a-Lago, en Florida, ha recibido la contundente respuesta del líder supremo iraní, el ayatolá Ali Jamenei, que ha condenado este miércoles “enérgicamente la maldad” de Estados Unidos. “Si la República Islámica decide desafiar y pelear, lo hará inequívocamente”, ha advertido, según su página web, en un discurso en Teherán.

La escalada comenzó el viernes, cuando el lanzamiento de un cohete contra una base militar iraquí mató a un contratista estadounidense e hirió a varios. Washington acusó a las Brigadas de Hezbolá y, en busca de un escarmiento tras múltiples ataques contra sus intereses en Bagdad, respondió el domingo con extrema dureza: cinco bombardeos en Irak y Siria contra la milicia proiraní, que dejaron al menos 25 muertos y medio centenar de heridos.

La envergadura de la respuesta causó indignación en Irak y azuzó el sentimiento antiestadounidense. El martes, tras los funerales de los combatientes fallecidos, miles de milicianos y civiles iraquíes, con la tolerancia inicial de las autoridades iraquíes, se dirigieron al complejo que alberga la Embajada estadounidense al grito de “muerte a América”. Tiraron objetos, prendieron fuegos, derribaron puertas y ventanas blindadas, y algunos llegaron a irrumpir temporalmente en el recinto, sin que se registraran heridos entre el personal de la Embajada.

El Pentágono reforzó la seguridad en la zona con el envío de 120 marines en helicópteros Apache desde Kuwait, y el presidente responsabilizó del asalto a Irán y conminó al Gobierno iraquí a garantizar la seguridad de su personal y sus propiedades. El secretario de Defensa, Mark Esper, anunció también el martes que alrededor de 750 soldados serán enviados a la región con carácter inmediato, “en una acción proporcionada y preventiva en respuesta al incremento de los niveles de amenaza”, y que hay tropas adicionales listas para unirse en los próximos días.

Los líderes milicianos, bajo el paraguas de las llamadas Fuerzas de Movilización Popular, aseguraron que los suyos acamparían indefinidamente junto al perímetro de la Embajada hasta que Estados Unidos se retirara de Irak. Siguieron, aunque en menor número que el martes, hasta la tarde del miércoles, cuando los cabecillas ordenaron la retirada de los manifestantes del fortificado complejo diplomático. Por la mañana se habían vuelto a vivir escenas de tensión, con los soldados estadounidenses dispersando la multitud con gases lacrimógenos. Una labor que en protestas anteriores acometían las fuerzas iraquíes, que en esta ocasión prefirieron dejar a sus patrocinadores estadounidenses.

El fortín que se erigió como emblema de la permanencia de Estados Unidos tras la invasión de Irak de 2003, campaña que a Trump le gusta tachar de gran error histórico, ha mutado ahora en símbolo de lo difícil que es para Washington salir de la región y desentenderse de esas “guerras interminables” que el presidente republicano abomina. El tono de los mensajes de Trump no oculta la encrucijada a la que le aboca esta escalada de la tensión, que le obliga a debatirse entre una respuesta contundente que restaure el prestigio de Estados Unidos y su deseo de no seguir enredándose en los conflictos de la región, más en el arranque de un año electoral.

En la memoria de todos está el precedente del asalto al consulado en Bengasi (Libia) en septiembre de 2012, en el que un grupo de milicianos irrumpió en la misión diplomática y la incendió, causando la muerte de cuatro estadounidenses, entre ellos el embajador en el país. Los republicanos, y en especial el entonces congresista y hoy secretario de Estado Mike Pompeo, criticaron entonces con dureza a la Administración demócrata de Barack Obama por su respuesta a aquella crisis. El martes por la tarde, cuando la amenaza inminente iba camino de neutralizarse, el propio presidente quiso marcar una explícita distancia con aquel episodio: “¡El anti-Bengasi!”, tuiteó, sobre su respuesta a la crisis en Bagdad.

Desde que Trump rompiera en mayo de 2018 el pacto nuclear con Teherán, restableciendo las sanciones, las tensiones no cesan entre Estados Unidos e Irán, los dos principales apoyos del Gobierno iraquí, que se disputan la influencia en la zona. En los últimos días, ambos países se han enredado en una espiral de hostilidades que agita aún más una región ya convulsa. El senador Lindsey Graham, fiel aliado de Trump que desayunó con él el martes, ha asegurado en una entrevista que el presidente no busca un enfrentamiento con los iraníes y que confía en que estos den pasos hacia la resolución de la crisis. “El objetivo es desescalar”, ha dicho, “pero hacen falta las dos partes para hacerlo”.