El regreso del infierno mexicano; los desaparecidos que están vivos

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El cártel les ofreció un trabajo con engaños, pero los esclavizó y los retiene a la fuerza; hoy forman parte de los ejércitos del crimen organizado: cuidan sembradíos de drogas o entrenan como sicarios. Están vivos, pero están desaparecidos. Luis es uno de los sobrevivientes y relata sus días en el infierno

—Cuando me escapé me fui muy lejos porque sabía que donde me vieran me iban a matar. Pensé que si iba directamente al Gobierno ellos me iban a entregar al cártel, y después de un tiempo salió a la luz en las noticias que alguien estuvo en la misma situación que yo y se animó a hablar y pues yo dije que mi objetivo al escapar de allá arriba era tratar de brindarle paz y tranquilidad a aquellas personas que perdieron la pista de sus seres queridos. Muchos de ellos son las personas que yo vi calcinar y que nadie de sus familiares se dio cuenta cómo murieron y cómo desaparecieron a menos que yo hable, entonces voy a arriesgarme a platicar mi historia y llevar un poco de paz a sus familias y que no sigan esperanzados a que van a encontrarlos. Fue que me comuniqué con la Fiscalía de Jalisco y les comenté que yo también fui privado de mi libertad en la sierra de Navajas por el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) y que podía identificar a 17 desaparecidos que vi con mis propios ojos morir en las manos de nuestros captores.

Luis (los nombres son falsos por cuestiones de seguridad) es sobreviviente de campamentos donde el cártel obligaba a jóvenes a entrenarse como sicarios. A principios de 2017, él trabajaba en un centro de rehabilitación. No le ajustaba el salario y quería alejarse del ambiente de las adicciones. Buscó un nuevo trabajo utilizando las redes sociales. En abril de ese año se unió a la página de Facebook Bolsa de Trabajo GDL y Trabajos Guadalajara. Por inbox lo conectaron para una oferta laboral: 4.000 pesos a la semana como guardia de seguridad. Contactó a la mujer que le envió el mensaje y ella le pidió que se comunicara con Mario, el supervisor en turno de la empresa. Una semana después lo agregaron a un grupo de WhatsApp junto con otras 15 personas interesadas en el trabajo. Les pidieron acudir a un entrenamiento al municipio de Tala y les darían los 4.000 pesos por adelantado.

Luis iba ilusionado. Jamás pensó que al llegar a su primer día de trabajo, los meterían en casas de seguridad y luego los treparían a campamentos de la Sierra de Ahuisculco, pero no para matarlos, sino para entrenarlos y obligarlos a trabajar para el Cártel Jalisco Nueva Generación.

Las familias de algunos de ellos los reportaron como desaparecidos, sin saber que estaban vivos en manos del crimen organizado. La Fiscalía de Jalisco realizó operativos en julio de 2017 y encontró campamentos de entrenamiento. En uno de ellos detuvieron a 15 hombres, de los cuales tres tenían reporte de desaparición y pudieron comprobar que estaban retenidos contra su libertad. Ellos tres fueron liberados y su testimonio quedó asentado en la carpeta de investigación 1611/2017, al igual que el de Luis. Gracias a su relato y a testimonios anónimos sabemos ahora que a la sierra de Ahuisculco se llevaron a decenas de hombres de los valles de la región de Tequila, del Área Metropolitana de Guadalajara, de otros estados e incluso migrantes centroamericanos, y que la esclavitud y el trabajo forzado ha sido un modus operandi del Cártel Jalisco Nueva Generación para asegurar el funcionamiento de sus negocios. Entre los reclutados de los que se tiene registro había jornaleros, desempleados, lavacarros, albañiles, cargadores del Mercado de Abastos, deportados, ex policías, exmilitares, jóvenes recién salidos de centros de rehabilitación de adicciones. Incluso uno de los sobrevivientes narra en su declaración ministerial que iba caminando por la noche en el centro de Guadalajara, sintió un golpe en la cabeza, perdió la conciencia y cuando despertó estaba en una casa de seguridad.

Cuando la Fiscalía realizó el operativo, Luis ya no estaba ahí. Había escapado, pero tiempo después decidió declarar a pesar del riesgo que puede suponer hacerlo.

—Al contactarme para el trabajo pregunté si todo era legal. “Mira, si fuera ilegal no te mandábamos a entrenamiento para que puedas portar un arma. No te apures, todo será legal”. Le dije “Oiga, pero ¿todo va a estar bien? Tengo a mi mamá enferma y necesito comunicación con ella”. Ahí fue cuando me dijo Mario que le caí a toda madre, que iba a llegar recomendado por él. Agarré taxi al Periférico. A los 10 minutos llegó un carro. Me preguntaron si me llamaba Luis. Les dije que sí. Me subí y fuimos por otro muchacho, nos metimos a un lugar muy enredoso. Salió un güero con barba, pelo poco chinito, gordito, de ojos verdes, ahora sé que se llama Ignacio. Dos mujeres salieron a despedirlo, no se quitaron de la entrada hasta que nos fuimos. Vi nervioso al chofer, fumaba un cigarro tras otro. Le hice plática y me dijo que tenía apenas una semana trabajando, pero que no le habían pagado viajes anteriores. Era el primero de mayo. Nos dejaron en la carretera y ahí llegó una pick up con otros tres muchachos que venían del Estado de México. Uno tenía ojo postizo, otro era delgado con pierna postiza y el tercero era gordito con un mechón de pelo que le salía de la frente. El chofer era un gordo sucio que nos ordenó subirnos a la caja. En el camino supimos que los cinco habíamos estado en el Whatsapp un día anterior y habíamos sido contactados por medio de bolsas de trabajo a las que nos inscribimos en Facebook para el trabajo de escolta o guardia de seguridad por 4.000 a la semana. Era muy atractivo para mis necesidades.

Nos cambiaron a otro carro. Dimos vuelta rumbo a Tala, nos metimos en una brecha y llegamos a una finca abandonada, con alambres de púas, palos de madera, había un hombre con cuerno de chivo que nos decía que siguiéramos hacia adentro. Observé que no había muebles, sólo personas en el piso, 38 amontonadas en el suelo. Fue cuando me di cuenta que me había metido en un problema porque no era normal eso. Al entrar al cuarto nos ordenaron guardar silencio y sentarnos, diciéndonos que no podíamos ni ir al baño a menos que pidiéramos permiso. Éramos puras personas humildes y pobres, había gente que tenían cara de malandrines y otros que tenían cara de que no tenían nada que perder en la vida. Me di cuenta que había cruzado la línea de no regresar y que quizá pasaría algo malo, de hecho se percibía un olor extraño, se veía la mirada de tristeza y miseria en las personas.

Una sierra bien conectada
Tala, Ahuisculco, Las Navajas, Cuisillos, son poblados que están a menos de una hora de Guadalajara, justo detrás del bosque de La Primavera. Se llega por la carretera libre a Puerto Vallarta. Pasando el bosque hay que girar a la izquierda para entrar al valle del río Ameca, donde hay tierras fértiles llenas de cañaverales y viejas haciendas. Después de Tala, la siguiente delegación es Ahuisculco, una antigua comunidad indígena que aún resguarda el bosque y protege sus ojos de agua. El pueblo está en la falda de la sierra del mismo nombre, una formación volcánica que es en realidad la continuación del bosque La Primavera. Del otro lado de los cerros está el pueblo Las Navajas, donde —dicen los de Ahuisculco— “sí penetró el crimen; la gente aceptó cosas que terminó comprometiéndolas”.

El pueblo Las Navajas se llama así por la gran cantidad de obsidiana que hay en sus suelos y que hace siglos comercializaba como navajas con las comunidades indígenas de la región. Cruzando el pueblo hay una brecha que se interna en el cerro. En este camino está una de las casas de seguridad que mencionan los sobrevivientes y que fue asegurada por la Fiscalía de Jalisco. Más arriba está el lugar conocido como La Reserva, el rancho que los pobladores de la sierra dicen que pertenece a un tal don Pedro, nombre con el que conocían ahí a Rafael Caro Quintero. Cuentan que don Pedro llegó a finales de los años setenta, sembró mariguana, engordó ganado, controló la región. Aún después de los operativos de la Fiscalía de Jalisco, en julio de 2017, el camino seguía custodiado por camionetonas y jovencitos en moto: halcones. Ésta es la brecha que todos los sobrevivientes mencionan en sus testimonios como la ruta para subir al monte.

Esta sierra, sin nombre en los mapas, es estratégica por su conectividad. Por un lado tiene caminos que llevan a la carretera a Colima y Manzanillo, y por el otro a la Sierra Madre Occidental que conduce hacia la costa del Pacífico y Puerto Vallarta. Por el puerto de Manzanillo entran precursores químicos para drogas sintéticas que se trasladan por la carretera a Colima y antes de llegar a Guadalajara toman el Circuito Sur o el Macrolibramiento, que los deja a unos metros de Las Navajas, por donde se internan a la sierra que sirve de escondite de campamentos, fosas y narcolaboratorios. Por Cuisillos pueden salir a la carretera que los lleva al norte del país o a Mascota y Puerto Vallarta.

El 29 de julio de 2017 la Fiscalía de Jalisco informó que entre el 6 y el 13 de junio recibieron seis denuncias por desaparición de personas. Todos ellos avisaron en sus casas que se trasladaban al municipio de Tala porque habían obtenido trabajo como encuestadores, escoltas o policías municipales.

En 2014 se realizó una misa en Tala por los desaparecidos de la región. Las familias llevaron las fotos de sus seres queridos. Después, el sacerdote que la organizó recibió amenazas y tuvo que irse de Tala. ESPECIAL

Testimonio de las madres
Laura denunció la desaparición de su hijo Ignacio el 22 de julio de 2017. Le preguntaron si notó algo extraño los últimos días que lo vio.

“Estaba desesperado porque no tenía trabajo”, declaró Laura. Tenía 22 años, pesaba más de 100 kilos, cabello castaño claro, ojos verdes, tatuaje en antebrazo. La prepa trunca. Le platicó a su madre que había encontrado un trabajo como guardia de seguridad privada donde le pagarían 4.000 pesos semanales. Se iría a Tala por dos semanas para el entrenamiento. El 1 de mayo de 2017 pasaron por él a su casa en una colonia popular al sur de Zapopan.

Ignacio salió con una mochila de lona negra con gris y una cinta cruzada donde guardó tres cambios de ropa: bóxers, calcetines, un cepillo de madera, sandalias de plástico, tenis blancos para hacer deporte. Celular no tenía y tampoco los dejaban llevarlo. Su madre y su hermana salieron a despedirlo. Se subió a un carro café claro en el que iban otros dos hombres: el chofer y otro muchacho que acababan de recoger; era Luis. No volvieron a tener contacto con él. Dos meses después, la hermana vio en las noticias que habían encontrado a gente esclavizada en Tala. Fue entonces que reportaron la desaparición de Ignacio.

A Ernesto también lo reportaron como desaparecido. Robusto, 1,78 de altura, 96 kilos, cara redonda, ojos café claro, sin tatuajes, cicatrices de mordidas en el pecho y brazo izquierdo, llevaba pantalón negro de mezclilla, camisa tipo polo color azul claro. A sus 26 años le urgía encontrar trabajo. A principios de 2017 tuvo un hijo y no tenía ingreso fijo. Estaba desesperado cuando encontró una oferta en Internet. El 30 de abril lo contactaron. Al día siguiente salió temprano, poco antes de las siete de la mañana; lo iban a recoger en Periférico y Mariano Otero para irse a una capacitación a Tala. Le dijo a su mamá y a su esposa que se comunicaría en unos días. Karla, su esposa, le marcó a las diez de la mañana para saber cómo iba todo. Le dijo que aún no llegaban, pero que en cuanto pudiera le mandaría el teléfono del lugar donde sería la capacitación. No lo mandó. Le habían prometido que cada semana podría regresar a ver a la familia. Nunca volvió. Rosa, su madre, lo reportó el 8 de mayo de 2017.

Templarse es hacer las cosas con inteligencia

El tiempo que Luis estuvo atrapado en la primera casa de seguridad, en mayo de 2017, comenzó a observar a quienes los vigilaban; descubrió que algunos habían sido capturados como él, pero ya habían podido salir de vacaciones.

—Lo sé porque arriba vi quién tenía mando, que ya habían salido y regresado, que había jerarquías. No importaba que te tomaran confianza, la prueba de fuego para ser de ellos era regresar a trabajar con ellos.

De esa casa comenzaron a sacarnos por montones para llenar trocas. De la carretera por Cuisillos nos llevaron a Navajas, a otra finca grande, con portón de fierro como de ganado, un metro de alto, no terminada. Había un señor con sombrero como de campesino que nos gritó: “¡A ver hijos de su… en línea… ámonos, en caliente! ¿Alguien sabe por qué chingados está aquí?” Yo no podía decir nada, me podían matar. Agarró el cuerno y disparó hacia arriba de todos nosotros: “¡A todos les voy a dar vacaciones a la verga, si regresan aquí va a haber chamba y si no, a chingar a su madre! ¿Quién se quiere ir ahorita?” Nadie dijo nada.

Uno me traía en jaque, me gritaba “¡ándale moreno, témplate!” Templarse significa agilizarse, actuar, hacer las cosas con inteligencia. Avanzamos hasta la cima, llegamos al campamento que me dio aspecto como de los campos forestales en Estados Unidos, siendo una propiedad privada que una señora le rentaba al del sombrero.

Destacar y sobrevivir
Los maltratos y amenazas comenzaban en las casas de seguridad. Además de Luis, hubo otros tres sobrevivientes rescatados por la Fiscalía. En sus declaraciones ministeriales relataron cómo fueron en busca de trabajo y los enganchadores los llevaron a casas de seguridad. En una de estas casas había como 50 hombres acostados en el suelo, golpeados, amenazados con que si escapaban los mataban.

Los campamentos estaban camuflados con hojas para que no los vieran desde el aire. La Fiscalía de Jalisco identificó puntos de calor en la sierra de Ahuisculco y fue así como logró localizarlos. ESPECIAL

—Todo el día hacíamos ejercicio y decían que quienes obedecían salían de vacaciones o descanso. Estábamos clasificados por nuevos, seminuevos y viejos. A los nuevos nos golpeaban todo el tiempo, siempre había hombres armados vigilando. A la semana me regresaron en camioneta a mí y a cuatro compañeros; otros armados me dejaron en una casa de seguridad donde pude bañarme, ahí ya nos habíamos dado cuenta que era otro rollo, escuché voces que decían que trabajaríamos para el cártel de ellos. Fue cuando me dio miedo. Los que cuidaban usaban drogas y yo nunca he usado: trabajo, tengo familia, hijos. El 23 me regresaron al monte, a un nuevo campamento, nos pusieron a construirlo con palos, nylon, ramas, a acarrear agua, comida, me golpearon todo el cuerpo, me decían “vales verga, órale pendejos, perros”. No podíamos dormir hasta las 12 de la noche, quien lo hacía lo ponían para darle con gotcha o lo mataban. Los que cuidaban le tiraron balazos a dos porque se fueron al Oxxo sin permiso. A los demás les pedían que bajaran los cuerpos a una barranca donde pasa un arroyo, a mí me pusieron a cortar leña, ramas, ahí los quemaron… Ya entre pláticas supe que a todos los llevaron con engaños, éramos 20 igual que yo.

—Nos dejaron en un campamento a una hora del poblado Cuisillos (…) donde nos hicieron dormir a la intemperie, así como nos sometieron diciéndonos que teníamos que pedir permiso hasta para ir a orinar y si no, nos golpeaban (…) por lo que recuerdo un día íbamos cargando las cosas, nos desviamos a un arroyo y El Momia le dijo al Checo, que tenía tatuajes de las fechas de nacimiento de su hija y en el cuello el nombre de sus hijos, “híncate esto es para que no desobedezcas mis órdenes”. Disparó y cayó muerto. Luego disparó a otro (…) Los bajaron al arroyo, les quitaron la ropa y siguieron instrucciones. Los pusieron en cama de leña con hojarasca y madera, prendieron fuego, nos esperamos hasta que se quemaran completamente.

—Caminamos 30 minutos, llegamos a un campamento construido con palos de árbol y plástico negro, forrado con ramas de árbol y basura. Observé que afuera estaban tres con armas. Nos metimos y adentro estaban más personas acostadas siendo unos 20, por lo que nos metimos al campamento, como pudimos nos acostamos y nos dormimos, pero en cuanto amaneció nos levantaron a todos y nos formaron y nos comenzaron a decir que íbamos a entrenar para trabajar como sicarios del Cártel Jalisco Nueva Generación, y que si nos resistíamos nos iban a matar. Nos pusieron a entrenar obligándonos a hacer ejercicio y tenían armas de gotcha para entrenar con nosotros; se ensañaban disparándonos ese tipo de balas.

El 24 de julio de 2017, recuerdo que era lunes, nos levantaron y nos hicieron cargar plásticos y víveres (…) El encargado recibió una llamada que se pusieran vergas porque venían camionetas blancas y negras a peinar el cerro. Tres comenzaron a disparar, yo lo único que pude hacer fue correr hacia la parte baja del cerro para cubrirme de los balazos. Policías nos rodearon, gritaron “pecho tierra, manos arriba”, y fue el momento que nos detuvieron a todos.

Los tres jóvenes que hablan incluyen en su relato el operativo de la Fiscalía de Jalisco a través del cual pudieron liberarse. Días después, el 29 de julio de 2017, el ex fiscal de Jalisco, Eduardo Almaguer, informó que habían rescatado a un joven y gracias a ello lograron localizar los campamentos. La Fiscalía calculó que entre 50 y 60 personas resguardaban a 40 reclutados. De estos últimos no se supo su destino.

No fue el único campamento de adiestramiento y exterminio encontrado en Jalisco. En 2016 fue detectada otra célula del mismo cártel que operaba en Tlaquepaque y en Puerto Vallarta la cual distribuía volantes ofreciendo trabajo para una empresa de seguridad inexistente, Segmex. A los reclutados los obligaban a vender drogas o convertirse en sicarios.

En octubre de 2017, la Fiscalía rescató a otras cuatro personas enganchadas con engaños en el municipio de Puerto Vallarta. Los emplearon como gerentes de ventas o escoltas; el CJNG se los llevó para adiestrarlos en la sierra de Talpa (a 150 kilómetros de Tala, yendo hacia el Poniente) y los desapareció. En ese momento, el entonces fiscal Almaguer dijo que era la misma célula delictiva que operaba en Tala, con integrantes de Veracruz, Michoacán, el Estado de México y Jalisco.

Se llevan a los que tienen pantalones

La desaparición de jóvenes en Tala comenzó mucho antes de que la Fiscalía descubriera estos campamentos. Hay registro de personas desaparecidas desde 2012. Uno ellos es Javier Cisneros Torres. Su familia ha tenido el valor de ser la única que hizo pública su búsqueda. Javier vivía con su mamá, en la cabecera municipal de Tala. Su hermana, Alma, recuerda el día de su captura:

—En ese entonces mi hermano vivía con mi mamá, mi papá ya había muerto. Mi hermano ya estaba acostado viendo la tele. Salió porque fueron a buscarlo sus vecinos. Se metió a su casa y de ahí se lo llevaron. Logramos ver su suéter, sus lentes, sus llaves, la sangre que corría desde la entrada. A mi hermano le gustaba defender a las personas, a todos los del barrio, no era persona mala, lo sabemos por el tipo de vida que llevaba, somos una familia humilde. Él trabajaba en el ingenio de Tala, duró tiempo que no tenía trabajo, porque los trabajos en Tala son temporales. Se fue a pintar árboles de blanco. Decían que se lo llevaron los Talibanes, un grupo delictivo del CJNG que está en Navajas.

Nosotros sabemos de al menos 60 familias con desaparecidos en Tala. Mi hermana y yo hemos escrito nombre por nombre. Tengo un amigo de la secundaria que un día me contactó, me dijo “a mi hermano se lo llevaron, no sabemos qué fue lo que sucedió, mi hermano consumía mariguana”. Le dije “ok, consuma o no consuma no tienen por qué hacerlo (llevárselo), él está desaparecido y lo tenemos que encontrar. Si nosotros no los buscamos nadie los va a encontrar”. Le pedí una foto de su hermano por si encuentran su cuerpo en una fosa común, porque así nunca sabrás si está vivo o muerto. Aquí hay muchos desaparecidos y nadie dice nada.

Se llevan a los jóvenes que tienen suficientes pantalones para hacer las cosas, porque no a cualquiera se llevan (…) sólo a los que veo que se animarían a hacer cosas feas, que si les dicen “te matamos o trabaja para nosotros”, yo creo que responden “trabajo”. Le voy a ser sincera, mi hermano no creo que diga “mátenme”, creo que cada quien quiere vivir, pero es lo que le digo a mi mamá, me dolería saber que él está haciendo ese tipo de cosas. Me da miedo que esté trabajando para ellos.

En la región es un secreto a voces lo que ocurre. El CJNG controla Tala y los alrededores, por eso quienes hablan tienen que hacerlo bajo el anonimato. Como Eleazar, que prefiere no hablar en público y hacerlo en su casa para contar cómo se llevaron a muchos de los jóvenes de su pueblo:

—En 2013 comenzamos a saber de jóvenes desaparecidos en la región. Eran hijos de campesinos, fuertes, bragados, gente que sabe del campo y por lo tanto sabe usar armas. Eran los bravucones y presumidos, a los que les gustaba (la música de) El Komander, los peleoneros, que iban a fiestas o consumían drogas. Supimos de muchos casos que se iban a una fiesta y ya no volvíamos a saber de ellos. Al parecer algunos están vivos, le llaman a sus familias, pero no pueden buscarlos ni decir nada porque están obligados a trabajar para ellos. No eran muchachos que quisieran meterse al narco, no, aunque les gustara la música esa o toda la narcocultura que ha permeado mucho, porque en Tala hay mucho trabajo por los ingenios azucareros, por eso se los tenían que llevar obligados. Creo que se los pudieron llevar a plantíos de mariguana y amapola en la misma región o a otros lugares del país, porque la célula que está aquí es fuerte, no creas que no. De aquí abastecen a muchachos para otras regiones. Yo pienso que se acabaron a todos los jóvenes con cierto perfil y por eso ahora están poniendo anuncios de trabajo para engañar a jóvenes de otros lugares.

El 31 de agosto de 2014 se realizó en Tala una misa por los desaparecidos. Las familias llevaron la foto y el nombre de su ser querido; todos fueron nombrados. Llegó mucha gente, en un solo pizarrón pegaron 35 fotos, en su mayoría hombres. A raíz de la misa, el sacerdote recibió amenazas y tuvo que irse de Tala.

Aún cuando muchas familias prefieren no denunciar, en este municipio hay 56 reportes de desaparición según el Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas o Desaparecidas. Entre 2006 y 2012 hubo dos denuncias. En 2013 fueron 14 y en 2014, 17. Para los pobladores, algo pasó en esos años: el Cártel Jalisco Nueva Generación tomó fuerza y controló esta región. Necesitaba mano de obra.

En uno de los campamentos localizaron un punto donde había leña y restos óseos incinerados. Se sabe por los testimonios de los sobrevivientes, que el CJNG se deshacía con fuego de quienes desobedecían o no servían para los trabajos del cártel.

Con la detención de los hermanos Valencia y de Ignacio Coronel, el Cártel del Milenio (que traficaba drogas en alianza con el Cártel de Sinaloa) se dividió en dos células. Una de ellas se convirtió posteriormente en el Cártel Jalisco Nueva Generación, que el Departamento del Tesoro de Estados Unidos calificó en octubre de 2018 como la organización de tráfico de drogas más poderosa en México y una de las cinco más peligrosas en el mundo. Ese grupo tiene presencia en al menos la mitad del territorio nacional y trafica cocaína y metanfetaminas en América, Asia y Europa.

Les rompen el alma
La desaparición de jóvenes para luego forzarlos a trabajar para el cártel no es improvisada. Un habitante de Tala que conoce a fondo la dinámica dice que maltratarlos, torturarlos, y posteriormente obligarlos a matar e incinerar a sus compañeros es una estrategia para romperles el alma, su armonía interior, para que puedan convertirse en uno más del cártel. Que de víctima pasen a victimarios. En su relato, Luis describe que para sobrevivir hay que ganarse la confianza de los captores. Al final, el cártel decide matar a los que no se pliegan o no son útiles para sus propósitos.

—Vi la oportunidad de acercarme al encargado, estaba decidido a no ser maltratado ni morirme allá arriba si es que iba a pasar algo. Estaba dispuesto a sobrevivir. Comencé a hacerles plática y a destacarme, a ganarme su confianza. Había pistoleros por todos lados. Cualquier persona tratando de sobrevivir va a destacarse para no ser agredida. Comencé a tener temor y a dudar de la forma en que empecé a tratar de sobrevivir en el infierno. Pensé que me había metido más a fondo con esas personas por no correr el riesgo de que me mataran, pero al mismo tiempo me aventé una soga al cuello porque me veían con confianza y me verían como traidor si no regresaba.

Ese tiempo me pasó lo peor en toda mi vida: como a las dos, entró la voz de El Sapo (el jefe de la plaza). “Adelante hijos de su chingada madre, ¿quien quiere irse? Les voy a dar 3.000 y a su casa, y a chingar a su madre”. En eso (unos) empiezan a levantar la mano, advirtiéndoles que si estaban seguros. Eran tres del estado de México, el gordito que llegó conmigo y que ahora sé que su nombre es Ignacio, los dos guachos de Durango, un chavo de 17 años de Guadalajara, un ex policía de Zapopan, otros que no conozco su nombre y El Catracho que ya había regresado de vacaciones. De hecho El Mojo le preguntó si estaba seguro de levantar la mano y él dijo que sí, que quería ir a ver a su hijo a Honduras. El Sapo dijo “ya está, vas a llegar más rápido”. Yo reconozco a todos, fueron 14 en total, los sentaron en una choza frente a los dormitorios y les dijeron que no se movieran. A los demás nos sentaron en otra choza. Llegó una Cheyenne gris con placas de Estados Unidos y dos sujetos con pistolas tipo escuadra. Uno era El Greñas (muchacho de 20 ó 21, cara de niño, mano derecha de El Sapo) que les gritó a los que se querían ir: “A ver cabrones, pónganse a pelear todos contra todos”, y comenzaron a hacerlo, el que cayera iba a morir. Al primero que cayó le decían La Jaina (chaparrito, 1,70, nariz grande, cara grande, güero, pelo por todos lados, indigente de Guadalajara) cayó noqueado de rodillas. Le dieron de balazos. Luego El Guachito, alto, narizón; cuando vio que le iban a tirar, gritó “¡nooo!” levantando las manos en señal de defensa. Le dieron dos balazos. Después Nopal, Toño, Chucho y El 18 abrieron fuego contra todos, entre ellos un ex policía. Al último quedó un niño de 17 años con las manos metidas entre las piernas, cabeza agachada, meciéndose. Se acercaron a verlo porque quedó vivo. Le dijo El Pitayo: “Estos putos te dijeron que dijeras que te querías ir”. Sacado de onda, respondió “ajá”, y el muchacho pidió llorando “es que quiero ver a mi hermanita y mi mamá”. Le dieron un balazo. Entre los muertos estaban Ignacio, que llegó conmigo el primer día, y Ernesto. Al taquero también le dieron un balazo por la espalda, siendo entonces ya 15 muertos. A los que por miedo no manifestamos querer irnos nos hicieron llevar los cuerpos. Duramos hora y media porque había unos muy pesados, teníamos que arrastrarlos para echarlos a los elotes.

Echarlos a “los elotes” es incinerarlos: en una zona boscosa aprovechaban las zanjas que hacen en la tierra las corrientes de agua que bajan entre pinos y encinos durante el temporal de lluvia. Ahí, sobre la tierra rojiza, echaban leña, luego los cuerpos, apilados y partidos, para prenderles fuego con gasolina, hasta que sólo quedaban huesos quemados y objetos de metal como hebillas y botones de pantalón. Testigos que aseguran que han visto otras fosas como estas, pero no han podido denunciar su ubicación, relatan que en éstas han percibido olor a químicos que podrían usarse para acelerar la combustión de los cuerpos.

La huída
De acuerdo con el relato que Luis dio a la Fiscalía de Jalisco, El Sapo llamó por radio días después y dijo: “Ahora sí, hijos de su puta madre, ¿quién se va a ir de vacaciones?”. Luis pensó “finalmente llegó el momento que esperaba, se me ha hecho una eternidad degradarme y estar con esta gente. Voy a ser libre”. El Cholo ordenó que hicieran dos filas y les dio 2.000 pesos a cada uno. Cayó la noche y los bajaron del cerro en grupos de 15.

—Nos iban a dejar en Tala pero estaba muy caliente la cosa, había mucho policía. Caminamos a una gasolinera donde estaba el Ejército. Por destacarme muchos no se me querían despegar. El Ejército ni nos paró ni preguntó nada. Por ahí hay un hotel. Entré y me registré. Llegué a bañarme para poder darle confianza a un taxista y escaparme. Cuando llegué al hotel todos los cuartos se llenaron, pagamos con el dinero que nos dieron, me bañé, limpié mi ropa con un trapo mojado, todos me tocaban (la puerta) aferrados a tomar una cerveza en el bar. Yo tenía planeado irme cuando se durmieran, pero empezaron a consumir cristal que les vendió la encargada (…) Mientras estaban de fiesta, agarré mi maleta, me salí, tomé un taxi, contacté a un familiar que vive en otro país y le conté todo lo que pasé, que no podía regresar, que donde me vieran me iban a matar, me tenían que ayudar para escapar.

—Después salió en las noticias que alguien que estuvo como yo se animó a hablar y (me) dije, mi objetivo al salir de allá arriba era tratar de brindar paz y tranquilidad a aquellas personas que no han encontrado a sus seres queridos, son a los que yo vi calcinar y nadie de sus familiares se dieron cuenta cómo murieron y cómo desaparecieron. Entonces voy a arriesgarme a contar mi historia.

Los que regresaron de ese infierno recibieron medidas de protección por declarar contra integrantes del cártel más poderoso de México. Aun así, tuvieron que huir; cambiaron de identidad y no se supo más de ellos. El Gobierno de Jalisco nunca informó quiénes habían sido las personas incineradas cuyos restos fueron localizados en los campamentos. Tampoco realizó más operativos de búsqueda de más fosas clandestinas por la zona o intentó liberar a más jóvenes en estos campamentos de reclutamiento forzado.

Hoy los cárteles siguen haciendo levas y controlando el territorio. Tanto en el sur de Jalisco como en los límites con Michoacán hay familias de personas desaparecidas que han relatado anónimamente que tienen indicios de que a sus parientes se los llevaron a trabajos forzados en laboratorios de droga o sembradíos de amapola. Los pobladores de la zona de Tala saben que el infierno al que han sido condenados familiares y conocidos no está abajo, sino allá arriba, en la punta de los cerros; lo saben en silencio.

De 2006 a la fecha el Gobierno mexicano ha recibido denuncias por la desaparición de más de 40.000 personas.