La fe en China

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A medida que China se ha convertido en una potencia económica y militar ha aflojado algo las riendas de su represión anticatólica

Por Pablo Aragón
El vínculo de la Iglesia Católica con China es multisecular y profundo: ya en la Edad Media, los franciscanos tomaron la iniciativa de llevar la fe cristiana al llamado Celeste Imperio, seguidos por los jesuitas en el siglo XVI.

En 1947, el Papa Pío XII recibió al primer enviado chino ante la Santa Sede, recordándole que la columnata de Bernini de la basílica vaticana abre sus brazos al Este, donde hoy residen más de 12 millones de católicos (una gota en el océano chino). Al mismo pontífice le cupo, lamentablemente, alzar la voz contra la cruel persecución de la que fueran víctimas los católicos al establecerse la dictadura comunista de Mao Zedong.

La perversión comunista urdió, hacia 1957, una trampa alambicada: creó una llamada “Asociación Patriótica Católica China” que, a todos los efectos, pasó a ser una rama cismática del catolicismo: obispos designados por el régimen comunista, para una grey tolerada, en tanto los católicos que siguen la unidad de la sucesión apostólica han sido objeto de persistente persecución.
Misas celebradas en las sombras. Sacerdotes arrestados y enviados a campos de reeducación. Fieles y clérigos torturados y muertos. Obispos impedidos de salir del país. Tales han sido las menores injurias a las que se han visto expuestos lo católicos chinos en comunión con Roma, y no ya en los tiempos bárbaros del maoísmo: hace apenas meses, el fallecimiento de un obispo llevó a las autoridades a imponerle a su grey un sucesor excomulgado en 2011, en tanto otros prelados fueron secuestrados y forzados a concelebrar el ungimiento. En junio de 2016, el obispo de Shanghai Ma Daquin, quien permaneciera bajo arresto domiciliario por cuatro años, debió “admitir públicamente sus culpas” por no adherir a la “Asociación Patriótica” antes de ser liberado.

La situación de la Iglesia en China está, por lo tanto, en el centro del debate moral de nuestro tiempo, así como de las necesidades y urgencias de dos instituciones afiatadas y venerables como lo son el gobierno chino y la Santa Sede.

A medida que China se ha convertido en una potencia económica y militar, y al igual que ocurre con tantos otros resortes de su contradictoria sociedad, el gobierno ha aflojado algo las riendas de su represión anticatólica. Cuando, hace dos años, muriera el obispo de Mindong, en Fujian, Monseñor Vincent Huang-Shoucheng, sus exequias fueron públicas y a ellas concurrieron más de 20.000 personas.

La Santa Sede, en tanto, no puede resistir el impulso de todo gobierno del mundo, en su interés por normalizar sus relaciones con China: 12 millones de católicos, y la posibilidad de llevar allí la palabra de Dios, cuando Asia se vislumbra como la nueva cantera de fieles del siglo XXI, representa un desafío difícil de eludir.

Por ello no resulta sorprendente que, desde hace por lo menos un par de años, circule entre los católicos chinos perseguidos un borrador de acuerdo entre la Santa Sede y el gobierno chino, por el cual las partes analizan la posibilidad de confeccionar en conjunto listas de candidatos a las sedes episcopales chinas, a fin de que el pontífice elija de ellas a sus titulares. De esa forma, obispos catecúmenos y obispos excomulgados serían puestos en pie de igualdad en una conferencia redactora, en tanto la Santa Sede tendría la palabra final en la designación.

Bueno, tal parece que el silencio de la diplomacia ha cedido ahora al estruendo de la noticia: este mes se ha hecho público que Roma y Beijing estarían próximos a firmar un concordato en las líneas del borrador en circulación, y el primer paso en ese sentido se habría dado en ocasión del retiro de dos de los obispos consagrados, quienes serían sustituídos por miembros de la Asociación Patriótica, así devueltos a la comunión.

No será, empero, un tránsito sencillo, y ya ha tropezado con un formidable obstáculo: al informarle el mismo Papa Francisco los términos de lo que viene, el retirado sexto obispo de Hong Kong, cardenal Joseph Zen Zekiun hizo saber a la prensa apostada en el Vaticano su extrema disconformidad.
El cisma que Roma quiere evitar, sostiene el cardenal, es un hecho ya ocurrido, y la unificación será, en realidad, una absorción por parte de la Asociación. El gobierno chino, a sus ojos, es el rostro moderno del comunismo que martirizara a la Iglesia por décadas, y un acuerdo con él sería como imaginar otro entre San José y Herodes. El Vaticano, por ende, estaría “vendiendo a la Iglesia Católica china”, ante lo que él se erigirá como un obstáculo.

Zen es carismático, y no ha estado exento de polémica: su oposición extrema al régimen comunista ha sido criticada en el pasado incluso por católicos catecúmenos, por lo que no sería de extrañar que su irreductible posición sea ultrapasada por los hechos y el paso del tiempo.
Roma debe, forzosamente, encontrar una solución a su resistida labor pastoral en China, y hallar el equilibrio no será fácil. Si la postura del cardinal Zen cuestionará lo que en este tema se haga, no le hará tampoco fácil la labor posturas tales como la del canciller de la Pontificia Academia para las Ciencias, el cardenal Marcelo Sánchez Sorondo.

Sánchez visitó China y llegó a conclusiones sorprendentes. No vio allí villas miseria o drogadicción, sino una “conciencia nacional positiva” y la búsqueda del “bien común”, en una subordinación de “las cosas al bien general”. La economía, cree, “no domina a la política, como ocurre en Estados Unidos”. En suma: China es donde “mejor se implementa la doctrina social de la Iglesia”.

No puede pensarse en un comentario más tonto, y el mismo arroja luz sobre un problema general de la Iglesia: el núcleo anti-liberal de su llamada “doctrina social” que tanto conspira contra su misión en el mundo.

El argentino Sánchez Sorondo, por caso, podrá sorprender a cronistas no familiarizados con sus orígenes: su padre fue un brillante abogado, escritor y pensador alineado con el nacionalismo anti-liberal vinculado tanto al golpe de estado de Uriburu en 1930, como al ascenso del gobierno montonero de Cámpora en 1973. Discípulo de Maurras y Barrès, fue un intelectual sobresaliente, a quien siempre guiara su vínculo con la Iglesia, pero también su fe anti-liberal.
La manzana no cae, por lo que se ve, lejos del árbol.