Transformers 1987

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Con un metraje menos elefantiásico que sus hermanas mayores, ‘Bumblebee’, tierna y refrescante, es un notable ejercicio de narración a la antigua usanza

A los Transformers cinematográficos ya no los conoce ni el padre que los parió, Michael Bay, y eso que su grandilocuente cerebro se supone que sigue ahí como productor del evento. Pero Bumblebee, sexta entrega de la saga de los robots alienígenas creados por la empresa de juguetes Hasbro, ha cambiado radicalmente de tono.

Un hecho fundamental, y con toda probabilidad bienvenido, por tres razones. Primero, porque se demuestra que una saga (o una serie de televisión) no tiene por qué seguir al milímetro el molde estilístico y de modulación original por siempre jamás, sino que en no pocas ocasiones sería formidable una cierta vía libre para que los distintos autores que se incorporan al entramado de producción puedan aportar innovaciones dentro del conjunto. Segundo, por el evidente agotamiento al que había llevado Bay a la serie tras cinco películas como director y productor: cuando desde el inicio se está tan arriba en cuanto a tono y (supuesta) espectacularidad, llega un momento en que ya no se puede subir más. Y tercero, porque las nuevas mentes creativas de la serie, Travis Night en la dirección y Christina Hodson en la escritura, poseen personalidades artísticas en las antípodas de Bay.

Y ya desde su ambientación en el año 1987, el modelo de Hodson y de Night, director de Kubo y las dos cuerdas mágicas (2016), es muy claro: el cine juvenil americano de los años ochenta, y de Amblin Entertainment en particular; además, con otro cambio básico, el protagonismo absoluto femenino, con los chicos simplemente pasando por allí (justo al revés que siempre). Y en ese círculo de raíces ochenteras se acumulan los referentes: las entusiastas Juegos de guerra (John Badham, 1983) y D.A.R.Y.L. (Simon Wincer, 1985); la captura del alienígena, la presencia de los militares y hasta el desastre en la casa de acogida en ausencia de la familia de E. T., el extraterrestre; el envío al planeta Tierra de uno de sus ejemplares, con el fin de salvar a su especie, del Superman de Richard Donner; y, por supuesto, los explícitos homenajes al cine de John Hugues y, esencialmente, a El club de los cinco.

Con un metraje menos elefantiásico que sus hermanas mayores (Bumblebee dura 45 minutos menos que la media de duración de las otras cinco películas de Transformers), Bumblebee, tierna y refrescante, es un notable ejercicio de narración a la antigua usanza que solo deja un par de incertidumbres. La excesiva recurrencia a un cine reverenciado, pero que, a fuerza de nostalgia, puede llevarnos también hasta el hartazgo. Y la duda de que el rosario de alusiones, también musicales, con The Smiths, Simple Minds, Rick Astley, Duran Duran y A-ha como cabezas de cartel, erice el vello de los espectadores adultos -Don’t You (Forget About Me)-, pero deje fríos a los verdaderos destinatarios de la nueva película: los chavales de 2018.